Científicos y ciencia son el origen de un proceso que debe buscar el impacto real cubriendo una necesidad de la sociedad. Ese proceso es lo que comúnmente se denomina transferencia de tecnología y conocimiento. Se trata, en efecto, de articular un mecanismo que integre acciones coordinadas entre distintos agentes que intervienen de forma colaborativa. Esto dota de valor a esta iniciativa emprendedora. Si el proceso se diseña de forma adecuada, la progresión del proceso de transferencia será positiva, la llegada al mercado será posible y también lo será el retorno de beneficios. Por tanto, parece evidente que esa transferencia perseguida no puede completarse en solitario.
Esta definición del proceso de transferencia se simplifica aquí para facilitar su comprensión, pero en esencia es más compleja. Generalmente, el origen se sitúa en los científicos y en la ciencia que desarrollan, pero no siempre resulta evidente por qué surge la idea de seguir una u otra línea científica. Influyen las capacidades de los científicos, el potencial de aplicación del método científico, las necesidades que plantea la sociedad, y la elección de una necesidad concreta frente a otras. Detrás de todos estos procesos, ideas y decisiones hay personas con capacidades, conocimientos, contactos, o con acceso a recursos económicos.
El científico emprendedor debe estar dispuesto a dejarse guiar durante el proceso por personas que aporten y complementen todo lo que el proyecto necesita para progresar. Para que esto funcione, la confianza mutua entre todos los agentes que intervienen es un ingrediente esencial. Otro elemento clave es la pasión, motor que permite mantener el rumbo ya travesar las dificultades propias de un recorrido largo y complejo. El conjunto de agentes debe guiar esta iniciativa originada del científico emprendedor hacia espacios dende existan buenas oportunidades, de forma que pueda transformarse en un proyecto más ambicioso y con una dimensión real, en ocasiones incluso superior a la inicialmente imaginada. Y así, la pasión no desaparece: crece.
Es cierto que España ha sido en muchas ocasiones fuente de talento científico y tecnológico aprovechada por otros agentes internacionales, con promesas de un precario botín o, en el mejor de los casos, con un cheque ligero de pago. Pero también es bien sabido que la capacidad de nuestros científicos, emprendedores, es enorme. Por ello, el potencial para llegar a mercado con activos valorizados, sin perder el control sobre ellos, es también muy grande y está al alcance.
Entre los agentes que deben acompañar al emprendedor en este proceso, conviene destacarse a los denominados venture builders, a los expertos en estrategia de propiedad industrial e intelectual y a los propios inversores.
El buen venture builder es una figura integrada por un equipo multidisciplinar que se encarga del desarrollo del producto, la validación de mercado, la captación de clientes, la búsqueda de financiación o el crecimiento de la empresa creada. Además, dispone de una red valiosa de contactos, expertos, socios y potenciales inversores que facilita el escalado. Todo ello debe hacerse respetando al emprendedor y proporcionándole los recursos necesarios para que la nueva empresa logre abrirse paso en el mercado, facturar, escalar y, preferiblemente, generar un impacto positivo en la sociedad.
Nada de esto tiene verdadero recorrido si este emprendimiento científico, guiado preferiblemente de la mano del buen venture builder, descuida o no presenta suficiente atención para cavar un foso tan amplio y seguro como sea posible alrededor del negocio que se está construyendo. Y este foso, sin ninguna duda, son los activos intangibles.
La propiedad industrial e intelectual aporta instrumentos de defensa y posicionamiento estratégico que permiten afrontar una negociación en mejores condiciones y aumentar la capacidad de controlar la explotación y el tráfico comercial del objeto del negocio de la nueva empresa. Entre otras ventajas, una buena estrategia podría permitir percibir royalties, aliviando el EBITDA, o adoptar diferentes formas de explotación comercial, pivotando de una a otra según las necesidades. Por ejemplo, una opción realista consiste en comercializar la tecnología propia en mercados de confianza y buen posicionamiento, mientras se mantienen las capacidades estratégicas abiertas en mercados donde la empresa aún se siente insegura por diferentes motivos. En este último caso, podría optar por permitir a sus competidores explotar la tecnología a cambio de la participación en los beneficios.
En el emprendimiento científico, la pasión sin control o con demasiadas dependencias, puede conducir al fracaso. Sin duda, el óptimo valor de los activos, del proyecto y de la empresa es un factor determinante para iniciar una negociación que pueda arrojar beneficios que alejen la frustración de haber alimentado la voracidad de terceros dejando exiguos beneficios a las instituciones y personas que han sido el origen y el vehículo batallador. Esto, entre otros aspectos esenciales, debe lograrse desde una cultura consciente y creciente de emprendimiento y acompañamiento experto, guiada por buenas prácticas en el uso de los derechos de propiedad industrial e intelectual.
Escrito por: Rafael López. Responsable de Transferencia de Tecnología y director de la Oficina de PONS IP en Valencia

